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Domingo 07 de Abril de 2013

Chris Gilbert

En los muchos homenajes a Hugo Chávez de las últimas semanas, hay un elemento importante que sufre un casi total abandono. Por falta de un término mejor podríamos llamarlo “leninismo”. Con esto, por supuesto, no me refiero a la doctrina cansada, formulista (y básicamente anti-leninista) que por lo general lleva ese nombre. Es precisamente la hegemonía de la doctrina subrogada, además de la dificultad de la real, lo que impulsa el abandono y también está detrás de los intentos (en su mayoría conscientes) para separar a Chávez de lo que pasa por leninismo.

Piense en ello: ¡”La revolución contra ‘El Capital’”! Así es como Gramsci entendió la obra de Lenin; esa era su manera taquigráfica de indicar cómo Lenin y compañía se quitaron el consenso evolucionista, progresista de su momento, que incluía la Segunda Internacional (de ahí la referencia a ‘El Capital’) y la intelligentsia burguesa [1].

From_Guevara_to_Chavez_by_BenHeine

Esta fue la doctrina del “fin de la historia” de la época. Avanzando un siglo, tal vez podamos decir que la cosa más importante que Chávez y el pueblo venezolano hicieron a partir de la década del 90 fue deshacerse –de una manera revolucionaria, leninista si se quiere– del consenso del “fin de la historia” de nuestro momento, que había infectado tanto a la izquierda como a la derecha.

Los paralelos con Fidel Castro y el Movimiento 26 de Julio también son evidentes. Entre mediados y finales de los 50 la mayoría de los incendios revolucionarios parecían estar extinguidos en la región del Caribe. Con Jacobo Árbenz derrocado y la guerrilla liberal en Colombia muy acorralada, los funcionarios estadounidenses se sentían seguros de que tenían el control de la región, su “patio trasero”, situación a la que se añadía mucha confusión y derrotismo en las filas de la izquierda. Luego, pareciendo surgir de la nada, el rápido avance del Movimiento 26 de Julio –que culminó con el derrocamiento de Batista y la toma de La Habana en 1959– dio un mentís a la confianza del imperialismo, mas también desmintió la versión soviética del fin de la historia: la tendencia hacia la coexistencia pacífica con los EE.UU.

Desafiando no sólo a Fukuyama, sino también las enseñanzas zapatistas en el ambiente en ese momento, Chávez –al igual que Lenin y Fidel– encabezó un movimiento que tomó el poder del Estado, y como ellos tuvo que cargar con un millón de problemas por haberlo hecho. Georg Lukács, en el mejor homenaje a Lenin que yo conozco, se refiere al comentario de éste sobre la frase de Napoleón “On s’engage et puis… on voit”: los bolcheviques libraron una batalla seria en octubre de 1917, y luego hicieron compromisos en “detalles tales como la paz de Brest o la Nueva Política Económica”[2]. Con esta referencia, Lukács quiere identificar y caracterizar los cientos de pactos, compromisos y concesiones que Lenin se vio obligado a realizar debido a la toma del poder bolchevique, es decir , precisamente por haber hecho la revolución en lo que nunca pueden ser circunstancias perfectas. Esta especie de pacto se diferencia de los pactos oportunistas que se hacen con el objetivo –aunque supuestamente en nombre de la pureza o la prudencia– de no hacer la revolución.

Tanto antes como después de la toma del poder, Hugo Chávez hizo muchos, muchos pactos y acuerdos con figuras como Lukashenko, Ahmadinejad, Santos, Miquilena, y (lo que comúnmente se cree), incluso Gustavo Cisneros. La lista continúa e incluye a los poderes y a las personas más variadas. Puesto que la gama va desde el anti-imperialista consecuente Mahmoud Ahmadinejad al empresario neoliberal Gustavo Cisneros y al socialdemócrata manso Luis Miquilena, la pregunta inevitable surge en torno a la táctica y la estrategia. ¿Cuál es la línea estratégica que se ejecuta a través de esta gama más variada de alianzas? Una pregunta similar se presenta acerca de los muchos proyectos que han nacido y desaparecido como flores nocturnas: los cinco motores, las tres R, Batallones del PSUV, Aló Presidente Teórico… y la lista sigue.

Gran parte de esto parecería ser un mero vaivén, y no puede haber ninguna duda de que en su trayectoria sorprendente, Chávez cometió errores graves –errores que un día podrían resultar ser fatales para el proceso en Venezuela, ya que desafortunadamente no hay ningún proceso revolucionario irreversible. Tal vez la mejor explicación de esta compleja trayectoria aparece cuando nos fijamos en el proceso de formación política de Chávez. Como joven oficial del ejército, Chávez tenía vínculos con el Partido Revolucionario de Venezuela (en el que su hermano militaba) y otros movimientos de izquierda. En la cárcel después de 1992, e incluso antes, Chávez leyó muchos textos marxistas, incluidos los más difíciles. Algunos de estos libros vinieron de una colección que compró a un ex maestro de escuela suyo, un comunista.

Luego, al salir de la cárcel, Chávez entró en la vida política y, en cierta medida puso su marxismo detrás de él. Para usar una metáfora espacial, podemos decir que comenzó explorando el territorio por sí mismo o incluso a tientas en la oscuridad. No debemos olvidar que en 1998 seguía hablando de la Tercera Vía de Anthony Giddens, el ahora olvidado intelectual del momento (!). Lo más importante es que a medida que los años pasaron y en respuesta a los ataques del imperialismo y algunas derrotas, Chávez se fue reconectando con el marxismo a través de su práctica y a través de las actividades del movimiento de masas.

Uno de estos momentos es cuando, ante la pluralidad de movimientos en el Foro Social Mundial de 2005 en Porto Alegre, Chávez reflexionó sobre lo que podría unificarlos a todos en su diversidad y declaró que era el “socialismo”. Otro es cuando, después de tratar de construir el socialismo desde arriba con la reforma constitucional de 2007, dio un paso atrás y se puso a pensar en construirlo al nivel de la calle, en el trabajo con las comunas, recuperando la idea marxista de la auto-emancipación de la clase obrera.

Volviendo a Lenin, podemos observar que él también dio pasos hacia atrás y tuvo su momento de poner el marxismo (o más bien el “marxismo”) detrás de él. El texto Repetir Lenin de Slavoj Zizek representa excelentemente la crisis en la que Lenin entró justo antes y durante la Primera Guerra Mundial, una catástrofe que efectivamente incluía la desaparición de su movimiento [3]. Lenin entonces reencontró o releyó el marxismo a través del estudio de Hegel y del proceso revolucionario que se abrió en Rusia en febrero de 1917, que lo tomó por sorpresa. Este nuevo Lenin es el Lenin en su momento más ágil, más “dialéctico”; ahora vienen hechos como los de la estación de Finlandia, así como textos como El Estado y la revolución y las Tesis de abril que siguen asombrando.

Hacia la mitad de su vida, cuando C.L.R. James hacía frente a la domesticación de la izquierda en la posguerra, trató de descubrir el secreto de este Lenin, el más auténtico Lenin. Con la ayuda de Raya Dunayevskaya, James se dirigió directamente al texto en ruso de los Cuadernos filosóficos de Lenin. Allí le conmovió profundamente una nota marginal de Lenin sobre la doctrina hegeliana del Ser: “¡Salto, salto, salto!” Lenin escribió en letras grandes al lado de los párrafos de Hegel, en un intento de resumir como nace lo nuevo [4]. Es esta capacidad de saltar, de superar el orden actual de las cosas –llámese el consenso neoliberal, el fin de la historia, economicismo, o incluso coexistencia pacífica– la que es el legado más importante de Lenin, y el que mejor caracteriza a Hugo Chávez.

El marxismo, como cualquier otra teoría, es susceptible a los procesos de fetichismo que dentro del capitalismo tienden a conducir a una visión cerrada de la historia. Su corriente principal suele pactar en silencio con el fatalismo que informa a la producción intelectual bajo el capitalismo. Esto se puede ver en la forma en que el teórico marxista posiblemente más brillante de la segunda mitad del siglo 20, Louis Althusser, tendía a permitir que sus descubrimientos sobre estructura y combinación en el capitalismo se deslizaran hacia la sumisión a estas mismas estructuras. El “Leninismo”, entonces, sería el nombre para ese momento de ruptura con el capital y con sus teorías, e incluso con las teorías críticas del capitalismo en la medida en que éstas hacen las paces con el fatalismo.

Este es el leninismo de Chávez. Se trata de un firme no a todo fatalismo, un compromiso de lucha e incluso una voluntad de salirle al paso a lo que aparentan ser situaciones sin salida, con el objetivo de avanzar hacia una sociedad más justa y mejor. El marxismo, por supuesto, no es una doctrina utópica de las que proponen que exista una sociedad perfecta y luego especula (en vano) sobre cómo llegar allá. Pero sí es utópico en el sentido de que muestra que una modernidad radicalmente diferente no sólo es posible sino en algún grado latente en el desarrollo de la actual, capitalista. No sólo eso: el marxismo afirma que los seres humanos no son criaturas de colmena, sino que pueden trabajar hacia la realización de esa modernidad alternativa.

En su impresionante discurso Golpe de timón de hace cinco meses, que constituye el último testamento político sustantivo de Chávez, se reconoce que habiendo hecho la revolución política, los cambios económicos pertinentes para la construcción del socialismo todavía no se han realizado. Luego añade: “Esto lo digo yo no para que nos sintamos acogotados, amilanados; todo lo contrario, es para coger más fuerzas ante la complejidad del desafío”. Creo que en estas palabras –y en realidad a través de todo el extraordinario discurso– se percibe una actitud muy similar a la resistencia tenaz de Lenin a conciliar con “lo que hay”. Podríamos decir que esta resistencia, en combinación con una disposición perenne a luchar inventivamente, es el mejor legado de Lenin y los leninistas como Chávez –si no fuera también una especie de anti-legado en la medida en que se niega a dejar que uno viva cómodamente o complacientemente con él.

Notas

Este artículo le debe mucho a conversaciones con mi amigo Gabriel Gil, quien ha insistido en el leninismo de Chávez y me ha ayudado a entender varios elementos del desarrollo y la práctica de Chávez como revolucionario.

[1] Antonio Gramsci, “La revolución contra ‘El Capital’” en Antonio Gramsci: Antología (Siglo XXI, 1970): 34-7.

[2] Georg Lukács, Lenin (La coherencia de su pensamiento) (1924).

[3] Slavoj Zizek, Repetir Lenin (Lacan.com, 1997).

[4] C.L.R. James, Notes on Dialectics (Allison & Busby, 1980).

Chris Gilbert es profesor de Estudios Políticos en la Universidad Bolivariana de Venezuela.

 

Este artículo, traducido del inglés por V.C.C., apareció originalmente en MRZine

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